Colin McRae - Vivir “flat out”, un Homenaje
Hay pilotos que se recuerdan por lo que ganaron. A Colin McRae se lo recuerda, sobre todo, por cómo lo intentaba. En un deporte donde la precisión y la paciencia suelen ser virtudes, él hizo otra apuesta: la de poner el corazón por delante del cálculo. McRae no fue solo un campeón; fue una forma de mirar el rally. En cada curva parecía irle la vida, y a la vez parecía disfrutarlo con una felicidad casi infantil, como si el auto fuese una extensión de su carácter y el tramo, un lugar donde todo era más verdadero.
Colin Steele McRae nació el 5 de agosto de 1968 en Lanark, Escocia, y murió el 15 de septiembre de 2007 cerca de su casa, en un accidente de helicóptero que también se llevó la vida de su hijo y dos amigos de la familia. Entre esas dos fechas entran la gloria y la contradicción, la velocidad y el costo, el brillo del héroe popular y el peso de serlo. Y también entra Argentina: una tierra que para él fue castigo, aprendizaje, desafío y, finalmente, redención.
Este texto es una mezcla de dos cosas que para mí son inseparables: la vida deportiva de Colin y la vida que yo terminé construyendo alrededor del rally, empujado —sin exagerar— por lo que vi en un tramo y por lo que entendí al verlo manejar. Lo que yo cuento de mí es mi memoria, mi historia. Lo que cuento de él está sostenido en registros y crónicas públicas del WRC y archivos históricos de resultados. No invento nada. Y aun así, te prometo que va a doler en algunas partes, porque el rally es así: hermoso y cruel, todo junto.
El chico escocés que creció escuchando motores
Colin nació dentro de un mundo donde el rally no era una postal; era un modo de vivir. Su padre, Jimmy McRae, fue un referente del rally británico, y Colin creció viendo de cerca el trabajo, la disciplina y la obsesión que requiere ir rápido en caminos que nunca se repiten igual. Esa cercanía temprana no garantizaba grandeza, pero sí le dio algo fundamental: naturalidad. Colin se movía en el rally como quien camina en su barrio. No parecía actuar un papel; parecía simplemente ser él.
Con los años, al mirar atrás, muchas piezas encajan solas. Colin no fue un piloto “correcto” en el sentido académico del término: fue un piloto convincente. Para él había una ética íntima del ataque. Esa frase que terminó quedándose pegada a su leyenda —“if in doubt, flat out”— no es un slogan vacío; es una descripción bastante fiel del tipo de compromiso que ponía en cada especial. Lo que la gente veía desde afuera, yo lo fui entendiendo desde adentro con el tiempo: no era solo velocidad, era una forma de estar en el mundo. Una manera de decidir.
Subaru y el encuentro con un destino
Si el rally de los noventa tiene una imagen que se pega a la memoria, es la de un Subaru azul con detalles amarillos atravesando tierra y piedra como si el mundo se abriera a su paso. Ese auto, ese equipo y ese piloto terminaron formando una identidad cultural. McRae era rápido, sí; pero también era narrativo. Con él, el rally se podía contar como historia, porque en cada tramo estaba la posibilidad del milagro o del desastre.
A nivel deportivo, su nombre quedó anclado para siempre a un dato que no es solo estadística: en 1995 se convirtió en el primer británico en ganar el título mundial de pilotos del WRC, con Subaru. Ese año lo volvió campeón y lo volvió símbolo. Y lo convirtió, también, en un tipo de piloto que no podía pasar desapercibido: a partir de ahí, todo lo que hiciera sería observado, repetido, discutido.
Catalunya 1995: cuando un campeonato te aprieta el corazón
Cuando pienso en Catalunya 1995, no lo pienso como “un rally más” en la lista de resultados. Lo pienso como uno de esos fines de semana donde el rally se vuelve adulto de golpe, donde el deporte deja de ser puro instinto y empieza a oler a política, a cálculo, a “lo que conviene”, a órdenes dichas a media voz. Y lo más fuerte es que, aun dentro de ese clima, Colin siguió siendo Colin: rápido, orgulloso, incapaz de fingir que estaba cómodo.
Los registros lo dejan claro: en el Rallye Catalunya–Costa Brava de 1995, Carlos Sainz ganó y Colin terminó segundo. Pero lo que hace inolvidable a esa edición es cómo se llegó a ese resultado. Subaru estaba en un punto delicado del campeonato y la tensión dentro del equipo era enorme. La prioridad no era que “el más rápido gane” como en una película; la prioridad era llegar a la última fecha con el tablero lo más favorable posible para Subaru. En ese contexto, David Richards —jefe de Prodrive— fue tajante: si Colin insistía en ganar en España, se quedaba sin auto para el RAC.
Ahí es donde a mí se me estruja el pecho, porque esa frase no es solo una orden; es una forma de presión que aplasta. Imaginate lo que significa para un piloto como McRae: venir atacando, venir sintiendo que podés ganarlo, y de repente tener que elegir entre tu instinto de correr “a cuchillo” y la supervivencia dentro del equipo. Goodwood lo describe con crudeza: McRae, molesto con las órdenes que buscaban evitar que los dos Subaru se lastimaran entre sí, desobedeció, empujó fuerte “para ganar” en la ruta… y después terminó aceptando una penalización de tiempo que le entregó la victoria a Sainz. Colin tomó una penalización deliberada para caer al segundo lugar.
Lo más humano —y para mí lo más triste— es la cara de Sainz en todo eso. Porque ni siquiera el ganador parecía sentirse cómodo con el modo en que se resolvió. Sainz lo dice sin vueltas: “ningún piloto quiere esto”, y remarca que no fue su decisión ni lo pidió. Esa frase siempre me pareció una radiografía perfecta de lo que pasa cuando un campeonato te aprieta el corazón: incluso cuando ganás, podés sentir que te robaron algo. Y Colin, que era pura identidad, no estaba buscando aplausos por “hacer lo correcto”; estaba tragándose una situación incómoda después de haber manejado como un animal, en su debut catalán, empujando a Sainz hasta el final.
Y para rematar, como si el rally se encargara de recordarte que a veces el deporte también tiene sombras, Catalunya 1995 quedó atravesado por el escándalo del restrictor ilegal de Toyota, un episodio que Goodwood menciona como una de las grandes historias sucias de aquella temporada. Es decir: España 1995 fue presión interna, decisiones antideportivas (aunque estratégicas), frustración de pilotos… y además el ruido de un escándalo técnico que contaminó el ambiente. Todo junto. Todo mezclado. Todo demasiado humano.
Por eso yo no puedo hablar de Catalunya 1995 solo como “Colin fue segundo”. Para mí, Catalunya 1995 es el lugar donde se ve la grieta entre lo que Colin era por naturaleza —ese impulso de ir siempre un paso más allá— y lo que un campeonato a veces te exige para sobrevivir: tragar orgullo, obedecer, calcular. Y aun así, incluso en ese escenario, el mito se hizo más grande. Porque si algo dejó claro Catalunya 1995 es que McRae no era un campeón por obediente; era un campeón porque, incluso cuando lo frenaban, seguía siendo imposible de ignorar.
RAC Rally 1995: una coronación que convirtió a Colin en símbolo
Si Catalunya fue tensión, el RAC Rally 1995 fue liberación. Fue el lugar donde el título se confirmó y donde el nombre “McRae” dejó de ser promesa para ser historia. En casa, en barro y frío, con un país mirando, Colin se convirtió en campeón del mundo. Y aunque suene extraño decirlo así, esa coronación no lo cambió: lo expuso. A partir de ahí, el mundo iba a exigirle ser leyenda todos los fines de semana.
Lo que me conmueve de ese período es que, incluso en la gloria, McRae no se volvió “otro”. El título no lo domesticó. Si acaso, lo empujó a sostener una promesa tácita con su público: que cada vez que saliera a un tramo, iba a intentar algo que valiera la pena mirar.
El día que conocí el rally y el día que conocí a Colin
Yo llegué al rally en 1998, y lo digo sin vueltas: fue sinceramente impresionante. Tenía 12 años. Me había acercado al rally de la mano de amigos, casi como quien se acerca a un mundo nuevo por curiosidad. En ese otoño cordobés, en Carlos Paz, primero me fascinó Mitsubishi y Mäkinen. Había algo hipnótico en esa combinación: el orden, la solidez, la sensación de que el auto iba sobre rieles. Yo todavía no entendía del todo lo que estaba viendo; lo estaba sintiendo.
Pero un jueves fui a la montaña con mi padre. Y ahí me pasó algo que no se me borró nunca más. En medio del ruido, de la gente, del polvo, vi aparecer ese Subaru metálico con amarillos fluorescentes totalmente cruzado en la ruta. Lo vi más veloz que todos, más vivo que todos. No era solo rapidez: era una especie de desafío a las leyes de la física. Y ahí me atrapó. Era McRae. Era Colin.
Yo quería estudiar abogacía antes de ese momento. Después de ese momento, yo quería ser piloto. Y no era un “capricho”: era una certeza infantil pero poderosa, como cuando algo te revela de golpe quién podrías ser. Ser piloto, con el tiempo, entendí que es caro y casi imposible. Entonces fui mutando el sueño sin traicionarlo. Con los años decidí ser ingeniero, uno de los mejores, para trabajar en Subaru. Y en el medio, sin darme cuenta, terminé eligiendo una vida donde el rally siempre estuvo en el centro.
Trabajé en la organización del Rally Argentina, trabajé en el TC2000, en el primer Dakar en Argentina, fundé ArgentinaRally.com.ar. Y no lo digo como una lista de logros: lo digo como una línea de continuidad. Todo estaba conectado con esa visión de 1998. Yo llevé a McRae a mi propio estilo de vida. A veces pienso que fue al revés: que fue McRae quien, con su personalidad, me senti reflejado, y por eso me atravesó tan hondo. No sé qué fue exactamente. Solo sé que fue ese motor de la motivación que me llevó a ser quien soy hoy y a perseguir, uno por uno, los objetivos que me planteé.
Argentina: el lugar donde el rally se vuelve físico
Argentina no es un rally “de postal”. Argentina es un rally que se siente en el cuerpo. Se siente en la garganta cuando el polvo te raspa y el aire se vuelve espeso; se siente en las manos cuando el frío te deja los dedos duros y aun así tenés que aplaudir, señalar, sostenerte; se siente en el pecho cuando el auto pasa tan cerca que el sonido te golpea como una ola. En las sierras cordobesas el rally no se mira: se padece y se celebra. Y por eso, para Colin McRae, Argentina fue siempre un escenario brutalmente honesto. Ahí no alcanzaba con el talento, ni con el apellido, ni con el título del ’95. Ahí había que sobrevivir a la piedra suelta, al filo del camino, al castigo constante, a la mecánica que vibra como si estuviera siendo probada por un juez invisible.
Por eso a mí me gusta decir que Argentina fue el lugar donde el rally se vuelve físico… y donde Colin dejó una de las escenas más humanas y más increíbles que yo haya visto narradas en el WRC. Porque cuando se habla de McRae, se habla mucho de la valentía, de ir cruzado, de ir “flat out”. Pero en Argentina 1998 quedó claro algo que a veces se olvida: también tenía manos de mecánico y una cabeza capaz de inventar soluciones con lo que había al costado del camino.
Ese año, Colin venía peleando arriba cuando golpeó un boulder en el medio del camino y destrozó la suspensión trasera derecha de su Subaru: el impacto “machacó” el conjunto y lo obligó a terminar un tramo con la rueda literalmente metida dentro del guardabarros, como si el auto estuviera “rengo” y aun así siguiera corriendo. En cualquier otro piloto, ahí se termina. En la mayoría, porque aunque el corazón quiera, la realidad es que si no podés ni sacar la rueda, no podés arreglar nada. Pero McRae se tiró debajo del auto al final del tramo y entendió el problema con una claridad de taller: necesitaba acceder al daño, necesitaba quitar la rueda… y la rueda estaba tan trabada contra la carrocería que era imposible.
Y ahí pasó lo que yo llamo “la lógica McRae”: si el auto no te deja hacer algo, lo obligás a dejarte. Como no había manera de sacar el neumático del lugar, Colin decidió provocar una solución salvaje pero efectiva: si lograba desllantar —separar el neumático de la llanta— podía trabajar. Entonces se fue por el enlace con el auto “cangrejeando”, conduciendo con entusiasmo hasta que el neumático explotó. Suena bárbaro escrito así, pero es exactamente eso: convertir un problema en una puerta de acceso, aunque el precio sea destruir lo que te está estorbando.
Con la rueda ya sin neumático, por fin pudieron mirar el corazón del daño. El elemento afectado era el lateral link (podés pensarlo como un brazo/bieleta lateral del tren trasero), que estaba doblado de forma severa, aunque no quebrado. Y acá viene el detalle: no es que “cambiaron una pieza” como en una asistencia con herramientas perfectas y repuestos a mano. No. Lo que hicieron fue un acto de ingeniería primitiva, de montaña, de instinto: quitaron ese brazo doblado y, sin repuesto disponible, lo pusieron entre dos piedras y lo fueron golpeando hasta devolverlo lo más posible a su forma útil, a fuerza de piedra contra metal. Eso es lo que, en tu forma de decirlo, se siente como “cambiar el extensor”: no fue un recambio elegante, fue devolverle longitud y geometría funcional a un componente deformado, como quien endereza a martillazos una pieza para que vuelva a “medir” lo suficiente como para sostener la rueda donde tiene que estar.
La escena ya sería grande si terminara ahí. Pero con McRae, lo más grande suele venir después. Sin barra estabilizadora, con ese brazo aún imperfecto y con un movimiento anormal en la rueda, Colin se fue a correr y marcó el mejor tiempo en El Cóndor. Ese contraste me sigue pareciendo irreal: minutos antes, dos tipos golpeando una pieza entre rocas como en una fragua; minutos después, el mismo piloto bajando a fondo por uno de los tramos más emblemáticos del rally argentino y siendo el más rápido. La reparación, claro, costó tiempo: 2 minutos y 30 segundos de penalización, y al final el resultado fue un quinto puesto que, para cualquiera que haya entendido lo que pasó, vale más que muchos podios.
Para mí, esa es la esencia de “Argentina vuelve físico al rally”. Porque en otros lugares el drama puede ser más “táctico”. Acá es concreto: piedra, metal, sangre fría, manos sucias, y la decisión de seguir. Y es también un espejo de por qué Colin no era solo el piloto espectacular que yo veía cruzado en la ruta. Era el tipo que, cuando la realidad lo acorralaba, inventaba.
1999: esperarlo en el frío, verlo pasar, y tocar un sueño con las manos
En 1999 ya no era solo “un pibe fascinado”. En 1999 yo lo conocí. Lo conocí de verdad, como puede conocerlo un fan de 13 años que cree que el mundo se puede detener si espera lo suficiente. Lo esperé horas en el frío a la salida del Hotel Portal del Lago, donde se alojaba. Yo, con mi poco inglés, cuando por fin lo tuve cerca, le deseé la mejor de las suertes para ese Rally de Argentina. Fue un instante corto, simple, y para mí gigantesco. Hay momentos que no se estiran en el tiempo, pero se estiran en la memoria.
Ese rally empezó rapidísimo. Yo lo recuerdo como una sacudida desde el primer minuto. Casi cargándose un portón en el Súper Especial del Parque General San Martín, como si desde el arranque ya estuviera diciendo “hoy no vengo a pasear”. Después vino la montaña: el primer tramo en las sierras, el frío terrible, el tipo de frío que te deja la cara dura y las manos sin sensibilidad.
El condor-Copina estaba cerrado desde hacía dos días por la cantidad de gente ya estaba en la montaña. Y eso también es parte del Rally Argentina: esa locura colectiva, esa paciencia, esa fiesta que empieza antes de que arranque el cronómetro. Yo lo vi en Giulio Cesare, Mina Clavero. Era el más rápido. Y así terminó… hasta que la montaña, como tantas veces, cobró su precio: rompió la suspensión del Focus con una piedra. Ese final es puro rally y puro Colin: el ataque, el filo, y el golpe que te deja con un “¿y si…?” clavado en el pecho.
Antes del comienzo del rally, y gracias a un amigo, me invitaron al hotel donde se alojaba el equipo. Y no fue “verlo de lejos” o cruzarlo en un pasillo: tuve tiempo de estar con McRae y con todo el equipo. Estábamos mi padre, mi amigo y mi hermano. Fue un sueño dentro del sueño.
Recuerdo a Nicky Grist como alguien muy simpático, especialmente con mi hermano, que tenía 9 años. Ese detalle, para mí, vale muchísimo: cuando sos chico, te acordás menos de la tecnología y más de la humanidad. Y ellos, ahí, fueron humanos. Nos subimos arriba del Focus. Una locura. Un sueño. De esos momentos donde el corazón te late en la garganta y vos pensás, sin saber formularlo, que la vida te está dando un regalo demasiado grande.
Rally Master 1999: Alister, Jimmy, una carta y una promesa de Navidad
Ese mismo 1999 tuvo otra escena que me quedó grabada, pero por otro motivo. En el Rally Master, Colin no vino. Pero sí estaban su hermano Alister y su padre Jimmy. Y ahí apareció otra de esas casualidades que parecen guionadas: gracias a contactos de mi padre, hice llamar a Alister, que estaba en su habitación, para que baje a recepción.
Lo conocí. Conversamos. Y le di una carta que me prometió entregar a Colin para Navidad. Era una carta contándole lo que representaba para mí, deseándole lo mejor para el 2000. Yo quería verlo campeón nuevamente. Y lo digo sin vergüenza: era un deseo de fan, sí, pero también era algo más profundo, porque en esa época yo ya empezaba a entender que un ídolo, cuando te toca de verdad, se vuelve parte de tu mapa interno.
Córcega 2000: el silencio más largo frente a una pantalla
Cuando digo “el silencio más largo frente a una pantalla”, no estoy buscando una metáfora linda. Estoy describiendo una sensación física: ese momento en el que vos seguís mirando una página que no se actualiza, esperando que aparezca un tiempo, un split, una confirmación… y no aparece nada. En 2000 yo seguía los rallies como podíamos seguirlos entonces, con una conexión lenta, con ansiedad pura y con esa fe absurda de fan adolescente de que, si esperás lo suficiente, el mundo se acomoda. Y en la Tour de Corse 2000 el mundo, de golpe, no se acomodó.
Lo que pasó ese día está contado con crudeza por crónicas contemporáneas. Colin venía cuarto en el rally, y el accidente ocurrió cuando “clipó” el interior de una curva rápida a la izquierda en la novena especial. No fue un toque menor. Fue de esos errores mínimos que en Córcega se pagan con intereses: el Focus se dio vuelta boca abajo a unas 80 mph y cayó por un desnivel de unos 30 pies, terminando apoyado sobre el techo. McRae quedó inconsciente y atrapado, y los bomberos tardaron unos 20 minutos en cortar el auto y sacarlo antes de que lo evacuaran en helicóptero al hospital de Bastia.
Hasta ahí ya es espantoso. Hay un articulo en The Guardian, publicado dos semanas después, que describe la escena con todavía más tensión: habla de 45 minutos atrapado boca abajo en un auto deformado que perdía nafta, antes de que finalmente pudieran liberarlo y llevarlo al hospital. Yo no necesito elegir cuál número “me conviene” para dramatizar; hago lo que corresponde cuando uno escribe algo público y serio: tomo los datos como están en fuentes verificables, y digo lo esencial con honestidad. Lo esencial es que Colin quedó atrapado mucho tiempo, en una situación extremadamente peligrosa, inconsciente, con el auto invertido y con riesgo real.
Ese artículo agrega detalles que, para mí, vuelven todo más humano y más aterrador. Cuenta que McRae no recuerda el accidente, que quedó “noqueado” y que el habitáculo quedó en penumbra al caer en la vegetación. Y aparece la voz de Nicky Grist, su copiloto, recordando el momento en que le habló y no obtuvo respuesta: ese instante en que, dentro del casco, te cae la realidad de que tu compañero puede estar muerto. También describe algo que en rally a veces se olvida: no siempre hay público, no siempre hay una “señal” visible del accidente. Grist cuenta que estaban abajo, metidos en árboles, sin restos a la vista desde la ruta; que podrían haber estado allí mucho más tiempo porque no se veía nada.
Yo, mientras tanto, estaba del otro lado del mundo, pegado a una pantalla, esperando “que termine el tramo”. Y ese tramo no terminaba. No aparecía el tiempo. No aparecía la línea. No aparecía nada. Eso es lo que todavía siento cuando digo “silencio”: la ausencia de datos como una forma de angustia.
Después vino el parte médico, y ahí el silencio se volvió golpe. Rally-Live.com informó que sufrió doble fractura del pómulo y un pulmón magullado, lesiones que ponían en duda su presencia en San Remo. El 9 de octubre se sometió a una operación de tres horas para reconstruir el pómulo con placas, tras esperar a que bajara la hinchazón.
Y acá aparece un detalle que para mí define a Colin con una frase que, si estuviera en una novela, dirías “esto es demasiado perfecto para ser real”… pero está ahí, contado como recuerdo de su padre. Cuando recuperó el sentido, lo primero que preguntó al médico fue si iba a estar bien para correr San Remo. Esa pregunta no es valentía romántica; es identidad. Es el tipo diciendo, sin decirlo: “si no corro, no soy yo”.
En lo deportivo también fue un golpe enorme. Su retiro en Córcega lo hizo caer al tercer puesto del campeonato, quedando cuatro puntos detrás de Marcus Grönholm en ese momento de la temporada. Para mí, que lo vivía como fan, esa parte dolía por otro motivo: porque cuando vos querés ver campeón a alguien como Colin, sabés que cada rally “que se va” no es una estadística; es un pedazo de sueño que se desprende.
Pero lo que quedó grabado en mí no fue la tabla. Fue ese rato infinito frente a la pantalla. El tiempo que no avanzaba. La sensación de estar esperando algo que no llega. Y después, la imagen mental inevitable: un Focus dado vuelta, Colin atrapado, y el rally —otra vez— recordándonos que la línea que separa espectáculo de tragedia es finísima.
San Remo 2000: correr herido, correr igual
San Remo 2000 no fue un capítulo aislado: fue la continuación inmediata del accidente de Colin en la Tour de Corse 2000, que lo dejó con lesiones serias y cirugía por delante. Autosport, en la previa del rally italiano, dejó el contexto bien claro: McRae llegaba a San Remo apenas 20 días después del golpe fuerte en Córcega que le había provocado una doble fractura del pómulo y la necesidad de cirugía reconstructiva.
Ese regreso no se planteó como “estar presente”, sino como un retorno competitivo, en plena pelea de temporada.
El evento en sí fue el Rallye Sanremo / Rallye d’Italia 2000, 12.ª fecha del WRC 2000, disputado del 19 al 22 de octubre de 2000, sobre asfalto, con 17 especiales, 344.98 km cronometrados (382.79 km de tramo total del rally según itinerario) y base en la zona de San Remo.
El ganador fue Gilles Panizzi con Peugeot, su segunda victoria mundialista.
En ese marco, el dato que importa para la historia de Colin es el resultado final y su consistencia: McRae y Nicky Grist terminaron 6.º con el Ford Focus WRC ’00, con un tiempo total de 3:53:47.3 y una diferencia de +1:40.0 respecto del ganador.
Ese 6.º puesto, además, significó sumar puntos (en 2000 se puntuaba a los seis primeros: 10-6-4-3-2-1).
El impacto de las lesiones no quedó solo en “cómo se lo vio arriba del auto”, sino también en la preparación posterior. Unas semanas después, Autosport informó que, por el riesgo de agravar la fractura del pómulo, McRae no había podido entrenar entre San Remo y Rally Australia, lo que muestra que las secuelas seguían condicionándolo.
Monte-Carlo 2001: el destino también juega
Monte-Carlo siempre me pareció el rally donde el destino se sienta en el asiento de atrás. No es una frase hecha: es que Monte-Carlo mezcla asfalto con nieve, sombras con hielo invisible, y decisiones de neumáticos que pueden ser geniales o suicidas a la vez. En 2001 el rally se disputó del 19 al 21 de enero, con 15 especiales y un recorrido que parecía diseñado para que cualquiera se equivoque una vez… y lo pague toda la vida.
Y sin embargo, en ese tablero tramposo, Colin estaba haciendo lo que tantas veces hizo: poner el auto donde otros no se animaban, y construir una victoria que parecía, por fin, posible en el rally que más se le resistía. No lo digo como “aficionado”: lo dicen las crónicas de ese mismo fin de semana. Autosport describió el momento con la palabra exacta: heart-broken. Corazón roto. Porque lo que se le escapó no fue un podio, ni un buen resultado; fue su primera victoria en Monte-Carlo, y se le escapó cuando ya estaba ahí, al alcance de la mano.
A mí me parte por una razón muy simple: no fue un error de manejo. No fue “se pasó de frenada”, no fue “entró muy fuerte”. Fue una falla mecánica cruel y específica: un problema en el acelerador fly-by-wire (acelerador electrónico) del Ford Focus. Esa falla terminó con sus esperanzas de victoria con solo tres tramos por correr. En Monte-Carlo, tres tramos es literalmente estar tocando la copa con los dedos.
Lo que me impresiona es cómo queda registrado ese contraste incluso en datos fríos. En los tiempos por especiales aparece McRae ganando tramos como SS4 y SS11. Eso significa que el ritmo estaba. Que el talento estaba. Que el enfoque estaba. Y aun así, el final no lo escribió su pie derecho: lo escribió un sistema electrónico que falló cuando el rally ya olía a victoria.
Después, el rally lo ganó Tommi Mäkinen y Carlos Sainz terminó segundo. Y el registro de resultados resume a Colin con una sola palabra que me parece brutal por lo seca que es: “Mechanical”. Mecánico. Como si un capítulo gigante pudiera reducirse a eso. Pero los que lo vivimos —aunque haya sido detrás de una pantalla, aunque haya sido leyendo actualizaciones— sabemos que “Mechanical” a veces significa algo mucho más grande: significa se te escapó la historia que venías escribiendo.
Por eso, cuando digo que en Monte-Carlo “el destino también juega”, lo digo con nombre y apellido: en 2001 el destino jugó en forma de fly-by-wire, jugó cuando quedaban tres especiales, jugó justo en el rally donde ganar te hace sentir inmortal y perder te deja una tristeza que parece personal.
Argentina 2001: el año en que grité como si el mundo se hubiese ordenado
Argentina 2001 fue la primera vez que sentí, de verdad, que el rally podía “ordenar” el mundo por un rato. Pero no lo viví sentado frente a una pantalla. Lo viví ahí, trabajando en la montaña, y el corazón acelerado, haciendo lo que ya empezaba a ser mi forma de vida: estar cerca del rally, contarlo, perseguirlo, construir mi propio camino con ArgentinaRally.com.ar.
El Rally Argentina 2001 fue la quinta fecha del WRC, se corrió entre el 3 y el 6 de mayo, con base en Villa Carlos Paz, sobre ripio, con 21 especiales y casi 390 km cronometrados.
Y ese jueves 3 de mayo arrancó con algo que, para mí, fue una declaración. El rally empezó con un súper especial en el Complejo Pro Racing, y Colin McRae ganó las dos primeras especiales (las dos “lanes”). No fue un “bueno, está bien”. Fue un mensaje: vine a mandar desde el inicio. Cuando vos estás ahí, en el ambiente, eso se siente. Se siente en los comentarios de la prensa, en la forma en que el rumor se corre: “Colin está fino”. “Colin está intratable”. “El Focus va clavado”.
El viernes 4 de mayo, ya en la montaña y los caminos largos, lo que vino fue —literalmente— dominio. McRae ganó La Falda–Río Ceballos, ganó Ascochinga–La Cumbre 1, ganó Capilla del Monte–San Marcos Sierra, y volvió a ganar Ascochinga–La Cumbre 2. No es que ganó “algún tramo”. Ganó los tramos que te construyen un rally, los que te ponen a prueba el ritmo, la cabeza y la mecánica. Ese día, en los caminos, se lo veía con esa mezcla que yo siempre asocié a él: el auto cruzado, sí, pero con una precisión que parecía imposible en ripio. Era McRae siendo McRae… pero con una serenidad rara, como si toda su energía estuviera canalizada en algo más fino que la pura locura.
Y aun así, Argentina 2001 no fue un paseo. Richard Burns lo persiguió todo el fin de semana, con esa inteligencia fría que lo caracterizaba, y la pelea quedó retratada como un pulso británico en territorio argentino. Entre McRae y Burns fueron los más rápidos en 17 de las 21 especiales. O sea: no era que Colin estaba solo. Estaba adelante, pero estaba marcado. Y eso, en el rally, es un desgaste psicológico. Porque no corrés contra el tiempo: corrés contra un tipo que sabés que, si te equivocás una vez, te muerde.
El domingo 6 de mayo llegó con esa última subida que, para cualquiera que haya pisado las sierras, es casi sagrada: El Cóndor–Copina, la especial final. Y ahí pasó algo muy McRae: en vez de “administrar”, cerró ganando. Colin ganó su décima especial del rally para sellar la victoria, después de dominar el evento desde el comienzo. Cuando podía cerrar la puerta, la cerraba con autoridad.
El resultado final fue nítido y precioso: McRae y Nicky Grist ganaron con el Ford Focus RS WRC ’01, por 26.9 segundos sobre Richard Burns, con Carlos Sainz tercero. Y fue su 21.ª victoria en el WRC.
RAC Rally 2001: la curva que me dejó un vacío
Yo le digo “RAC Rally 2001” porque para mí siempre va a ser el RAC, aunque oficialmente ya era el Network Q Rally of Great Britain. Y quizá por eso duele más: porque era casa, era barro, era bosque, era ese rally donde uno siente que la historia se escribe con el clima y con la gente. En 2001 fue además el último round del Mundial, disputado del 22 al 25 de noviembre, y no era un cierre cualquiera: era una final con el título todavía vivo, con esa tensión de “ahora o nunca”.
Yo venía con el corazón en la garganta porque esa temporada había sido una montaña rusa. Y lo más cruel es que McRae llegó a esa última cita liderando el campeonato por dos puntos, en un escenario que parecía hecho a medida para que todo se definiera a los golpes, a la fuerza, como se define el rally cuando está en su versión más salvaje. Era un final “winner-takes-all”, con Richard Burns y Tommi Mäkinen en la pelea, y con Colin entrando al rally en una posición donde podía ser campeón si el fin de semana le salía.
Y entonces pasó lo que todavía hoy me deja un hueco. No fue el último día, no fue “cuando quedaba poco”. Fue temprano, demasiado temprano, como esas tragedias deportivas que no te dejan ni el consuelo de luchar hasta el final. Fue en la cuarta especial del rally. La hoja fría de resultados lo reduce a una palabra: accidente en SS4. La hoja de ruta del rally nos dice cómo se llamaba esa especial: Rhondda 1.
Pero lo que yo tengo clavado no es el nombre “Rhondda 1”. Lo que tengo clavado es la violencia del instante, esa forma en que el rally te arranca un sueño en medio segundo. Nicky Grist lo describió de una manera que, aunque yo la haya leído mil veces, todavía me sacude: en el aire, el mundo se volvió una secuencia repetida de “tierra, cielo, árboles, tierra, cielo, árboles”, hasta el golpe final. Motor Sport Magazine lo cuenta con una imagen que parece mínima y, por eso mismo, insoportable: seis pulgadas. Eso era todo lo que separaba el sueño de una segunda corona de ver cómo se apagaba en un momento.
En mi lado de la historia —el lado del fan— ese accidente fue un apagón. No solo porque se terminó el rally para Colin; es porque se terminó algo que yo venía sosteniendo como una fe: “este año sí”. Por eso lo llamo vacío. Porque después de ese golpe, el resto del rally seguía, la tabla seguía, los otros seguían… pero para mí, durante un rato largo, lo único que existía era esa sensación de que el rally puede ser brutalmente injusto en un solo gesto.
Y lo más duro es lo que DirtFish remarca sin dramatismo, como si fuera una sentencia: “nunca volverían a estar tan cerca otra vez”. Eso es lo que a mí me rompe cada vez que regreso a 2001. Porque yo vi a Colin ganar, vi a Colin volar, vi a Colin ser el más espectacular. Pero el segundo título… ese segundo título se fue ahí, en SS4, en Rhondda 1.
Catalunya 2002: adaptar el auto a la lesión y seguir siendo Colin
Catalunya 2002 siempre me quedó en la cabeza como una de esas escenas que, si no estuvieran escritas en crónicas serias, parecerían exageración de fan. Porque no fue “Colin corrió tocado”. Fue algo mucho más específico, más incómodo y más revelador: Colin llegó a España con la mano izquierda vendada y el meñique seriamente lesionado, y aun así decidió correr igual. No solo correr: correr en un rally de asfalto donde el volante se trabaja como si fuera una pelea cuerpo a cuerpo, donde cada horquilla exige precisión y cada apoyo te recuerda que el auto pesa, vibra y golpea.
La lesión venía de la Tour de Corse 2002, el rally anterior, donde se lastimó fuerte el meñique izquierdo. The Guardian lo contó en la previa de Catalunya con una frase que se te queda pegada por lo brutal: McRae estaba considerando amputarse el dedo si la lesión interfería con su manejo. El New Zealand Herald también reportó la misma idea: la amputación como opción si el dedo se convertía en un obstáculo para su temporada.
Y acá viene lo que hace que Catalunya 2002 sea “tan McRae”. Ford no se limitó a vendarle la mano y desearle suerte. Le modificó el auto para que pudiera competir sin destruirse el dedo en cada cambio. The Guardian explicó que el Focus llevaba dos palancas de cambio, porque su caja era semi-automática: la palanca, en realidad, funcionaba “casi como un interruptor eléctrico”. Eso permitió una solución creativa: el equipo le instaló un segundo comando ubicado hacia el lado izquierdo de la columna/volante, para que pudiera repartir el esfuerzo. Autosport, al recordar casos de pilotos compitiendo lesionados, lo resume con claridad: Ford le colocó una segunda palanca a la izquierda del volante para que pudiera seguir pese a tener el dedo fuertemente vendado. Incluso hay fotos de archivo donde se ve la mano vendada y el cambio adicional, tomadas en el shakedown de Catalunya 2002.
Pero lo más duro —lo que a mí me emociona porque muestra el costo real— es que la modificación del auto no “arreglaba” el problema: apenas lo hacía posible. The Guardian, después del rally, contó que McRae terminó sexto “conduciendo más o menos con una sola mano”, porque el dolor y la inflamación le impedían agarrar el volante normalmente con la izquierda. Relata detalles concretos: el dedo tenía que ponerse en hielo a intervalos para bajar la hinchazón y en un momento necesitó analgésicos a mitad del sábado.Y aun así, “ningún mimo médico” le permitió recuperar un agarre normal: el resultado fue que el brazo derecho terminó llevando una carga extra durante el fin de semana.
Lo que me gusta de Catalunya 2002 es que, sin necesidad de hacer épica barata, te deja ver a McRae completo. Está el profesional que no quiere perderse una fecha. Está el competidor que, incluso herido, piensa en el campeonato y en la responsabilidad con el equipo. Está el piloto visceral que prefiere adaptar el mundo antes que adaptarse él. Y está el lado humano: el dedo inflamado, el hielo, la limitación real, la incomodidad permanente, y aun así la decisión de largar cada mañana como si el cuerpo no estuviera gritando lo contrario.
Chipre 2002: volcar dos veces y aun así quedar como postal
Chipre no perdona. Es de esos rallies donde el piso parece estar hecho para desgastar todo: neumáticos, frenos, concentración, paciencia. El polvo se vuelve una niebla baja que te roba referencias, las piedras aparecen como dientes en el camino, y el calor te seca la garganta incluso si no estás dentro del auto. En ese escenario, el Cyprus Rally 2002 se corrió del 31 de mayo al 2 de junio, y Colin McRae llegó ahí con una idea clara: podía ganar y repetir la hazaña del 2001
Y durante buena parte del rally, esa idea no era una fantasía. McRae estaba metido en la pelea grande, liderando la competencia incluso
El golpe de realidad llegó el último día. McRae arruinó sus opciones de victoria al volcar dos veces con el Ford Focus WRC en la primera especial del domingo. Esa frase, “rolls twice”, es brutal por lo simple: no fue un toque, no fue una salida pequeña. Fueron dos vuelcos en una sola secuencia, en el momento exacto en que el rally entra en esa fase donde ya no se gana con “impresión” sino con sangre fría.
Y sin embargo, aunque el resultado sea DNF, Chipre 2002 quedó en la memoria colectiva como una postal “McRae” por una razón que no tiene nada que ver con romantizar el accidente. Tiene que ver con el contexto: estaba peleando por ganar. Estaba ahí. Y cuando McRae estaba “ahí”, su forma natural de existir era empujar. Eso es lo que lo hacía increíble de ver… y eso mismo es lo que lo dejaba expuesto.
Hay un detalle que para mí define cómo se siente el rally desde adentro, aun sin haber estado en el cockpit: la velocidad con la que cambia el relato. Hasta ese domingo a la mañana, el relato podía ser “Colin vuelve a ganar”. Dos minutos después, el relato era “Colin volcó dos veces”. Y el rally sigue. El polvo se asienta. Los tiempos se actualizan. La gente se mueve al próximo tramo. Pero vos, te quedás un segundo atrás, congelado en esa frase seca de crónica: “rolls twice”.
Por eso digo que Chipre 2002 quedó como postal. No porque el vuelco sea “lindo” —no lo es— sino porque resume una verdad incómoda de Colin McRae: cuando el rally le daba una oportunidad de victoria, él la atacaba como si no hubiera mañana. McRae dejó imágenes. Y algunas imágenes, aunque duelan, se vuelven eternas.
En un monstruo así, el talento puro no alcanza: tenés que tener cabeza fría, lectura, y la capacidad de no caer en la trampa de querer demostrar en cada kilómetro.
Safari 2002: su última victoria
Safari 2002 es, para mí, uno de esos rallies que te obligan a entender algo incómodo: a veces, el acto más “McRae” que existe no es tirarse cruzado en una horquilla, sino contenerse. Porque el Safari de aquella época no era un rally “normal”. Era una expedición. El propio registro del evento lo describe como un Safari todavía “de resistencia”, con una distancia competitiva gigantesca de más de 1000 km cronometrados repartidos en 12 especiales, tres días de castigo, base en Nairobi, del 12 al 14 de julio de 2002.
En un monstruo así, el talento puro no alcanza: tenés que tener cabeza fría, lectura, y la capacidad de no caer en la trampa de querer demostrar en cada kilómetro.
Por eso me gusta contar este capítulo como una paradoja hermosa. Porque el mismo Colin al que muchos reducían a “siempre a fondo” ganó el Safari 2002 con una conducción que hasta su gente describió como la más controlada de su carrera. Autosport lo recuerda así: fue “irónico” que el rally más salvaje produjera la conducción más medida del piloto más salvaje del WRC, y cita al equipo diciendo que Colin no se dejó arrastrar por la tentación de atacar todo el tiempo, sino que encontró un ritmo cómodo y lo sostuvo.
DirtFish lo expresa con una frase que lo define perfecto: McRae “cambió el brillo por el cuidado”, resistiendo la tentación de forzar y prefiriendo mantener un margen que, en Safari, vale más que cualquier show.
En términos fríos, el resultado fue contundente y histórico: McRae ganó con Nicky Grist en el Ford Focus RS WRC ’02, con un tiempo total de 7:58:28.0, y le sacó 2:50.9 a Harri Rovanperä.
Y ese dato tiene un peso especial porque fue su victoria número 25 en el WRC, la última de su carrera, y en ese momento lo dejó como el piloto con más victorias en la historia del campeonato.
Pero lo que a mí me importa —lo que hace que este rally sea una cumbre— es cómo se ganó: no con fuegos artificiales, sino con esa madurez que muchos no le querían reconocer.
Ahora, lo de Richard Burns en Safari 2002 fue la otra cara de la misma moneda: la cara cruel. Burns llegaba como campeón vigente, con Peugeot, y el Safari lo atrapó con una escena que parece una pesadilla lenta. En el servicio de Suswa, el “fesh-fesh” (ese polvo finísimo, tipo talco, que se traga autos) ya venía siendo protagonista, y la ubicación del parque de asistencia era motivo de bronca general.
Burns venía con el frente dañado (había golpeado la suspensión delantera), logró salir del tramo Kedong, y encaró el enlace hacia la asistencia sabiendo que le esperaba una trampa: el corredor de polvo donde había quedado gente y vehículos atascados.
El problema no era solo el polvo: con el frente roto, Burns no podía “pasar a fuerza de velocidad”. Ese daño hacía que el auto funcionara como un arado: primero “snowplough”, después ancla. Y cuando se detuvo, quedó sentenciado.
La imagen es brutalmente humana: Burns y Robert Reid afuera, buscando piedras, tablas, botellas, lo que hubiera, metiendo cosas bajo las ruedas para intentar traccionar. Nada funcionó. Y lo peor es el detalle reglamentario: el equipo mirando, impotente, atado por las reglas.
Y mientras a Burns el Safari lo tragaba, a McRae le iba enseñando el camino inverso: el de la paciencia.En ese contexto, lo más inteligente era exactamente lo que Colin hizo: no responder a cada ataque, no entrar en pánico si alguien marcaba un parcial mejor, no perder la cabeza con la idea de “necesito tres minutos más”. Él mismo lo explicó en la cita que recoge Autosport: encontraron un ritmo con el que estaban cómodos y se quedaron ahí, porque en Safari “las cosas cambian” y los problemas llegan solos.
Por eso, cuando yo escribo sobre Safari 2002, lo escribo como una lección de vida que me dejó Colin sin conocerme: a veces, para ganar de verdad, no hay que ser más valiente. Hay que ser más inteligente. Y si algo vuelve inolvidable ese fin de semana es que McRae —el piloto símbolo del ataque— eligió la cabeza sin dejar de ser él. Ganó el rally más duro con una conducción que fue pura disciplina. Y, al mismo tiempo, el Safari se tragó a Burns en una postal que todavía se puede “oler”: polvo en la boca, neumáticos cavando, y un campeón del mundo mirando un auto enterrado sin poder hacer nada.
Argentina 2002 y Argentina 2003: continuidad y un final abrupto
Después de lo que fué Argentina 2001, yo llegué a 2002 con una sensación rara: por un lado, la alegría todavía fresca de haber visto a Colin ganar en nuestras sierras; por el otro, esa conciencia de que el Rally Argentina siempre pide un precio. Y 2002 fue exactamente eso: continuidad real en el protagonismo… pero también una demostración de que, incluso cuando el fin de semana te sale bien, Argentina te obliga a mantenerte humilde.
El Rally Argentina 2002 se disputó del 17 al 19 de mayo en Villa Carlos Paz, sobre ripio, con 22 especiales y más de 381 km cronometrados. En un rally así, terminar ya es un mérito; terminar fuerte, es otra cosa. Colin, con Nicky Grist y el Ford Focus RS WRC ’02, terminó tercero. Ese podio para mí tuvo un valor especial porque confirmó que lo de 2001 no había sido un destello aislado: seguía siendo factor, seguía estando ahí cuando el rally se ponía físico y exigía de verdad.
Lo que hace que Argentina 2002 tenga una textura distinta es el contexto del resultado final. La clasificación oficial quedó encabezada por Carlos Sainz, segundo Petter Solberg y tercero McRae, pero el rally quedó marcado por decisiones técnicas/deportivas posteriores: Sainz ganó “después de la descalificación” de Marcus Grönholm y Richard Burns por infracciones técnicas. Ese dato no le quita nada a Colin —al contrario— porque lo que a mí me interesa ahí es la idea de supervivencia y consistencia: en un fin de semana donde el rally terminó reordenándose por sanciones y polémicas, McRae estaba ahí, entero, con el auto vivo y los puntos en el bolsillo. Y Argentina, que tantas veces lo había expulsado por una piedra o una suspensión, en 2002 lo dejó cerrar con un resultado grande y verificable..
Un año después, Argentina 2003 fue otra historia, con otro color emocional. El evento se corrió del 8 al 11 de mayo y volvió a tener base en Villa Carlos Paz. Colin llegó con Citroën, en un Xsara WRC, y con un copiloto que para mí ya de por sí cargaba una simbología hermosa: Derek Ringer, el mismo navegante con el que había sido campeón en 1995. Ver “McRae–Ringer” escrito junto otra vez, aunque fuera en un auto distinto y en otra etapa de sus carreras, tenía algo de círculo que se reencuentra.
Pero Argentina 2003 se volvió, para él, un capítulo abrupto. Abandono en la primera etapa, ya que su Xsara se le incendió furante la primera etapa. Un verdadero rally para el olvido.
Y mientras Colin se quedaba sin final, el rally seguía escribiendo su propia novela: Marcus Grönholm terminó ganándolo. Sainz podría haber sido el vencedor si no fuera por una penalización de un minuto, un detalle que vuelve a subrayar lo que yo siempre sentí del Rally Argentina: acá las cosas cambian por centímetros, por segundos, por una decisión, por un problema inesperado.
Para mí, por eso, 2002 y 2003 funcionan como un díptico perfecto dentro de la historia argentina de McRae. 2002 es continuidad, un podio que confirma vigencia y consistencia en un rally durísimo. 2003 es el recordatorio de que Argentina también sabe cerrar capítulos de golpe, sin ceremonia, con un abandono por incendio que corta el aire como un portazo. Y al ponerlos uno al lado del otro, yo vuelvo a sentir lo mismo que sentí tantas veces siguiendo a Colin: que con él no había “mitad de historia”. O era un fin de semana que te llenaba el alma… o era un fin de semana que te enseñaba, otra vez, lo cruel que puede ser el rally.
Australia 2005: la vuelta de Colin con Škoda, y el rally que casi termina en podio
Cuando Colin volvió al WRC en 2005 con el Škoda Fabia WRC, yo lo viví como una mezcla rara de alegría y nervios. Alegría porque verlo otra vez en un World Rally Car era como recuperar una parte de la vida; nervios porque no era “volver con el mejor auto del parque”, sino volver con un proyecto que, en papeles, no estaba pensado para pelear adelante… y aun así, con Colin, uno siempre sospechaba que podía pasar lo imposible.
La historia grande se escribió en Rally Australia 2005, el 18th Telstra Rally Australia, última fecha del WRC ese año, disputada del 10 al 13 de noviembre sobre gravel, con más de 355 km de especiales. Colin corrió con Nicky Grist y el Fabia de Škoda Motorsport.
Lo que hace tan inolvidable ese rally no es solo que “anduvo bien”. Es cómo se metió en la pelea. La propia Škoda, en un artículo retrospectivo, cuenta que Colin empezó relativamente atrás —llegó a estar 10º tras la tercera especial— y que a partir de una especial clave (donde marcó un tiempo muy fuerte) empezó a escalar sin freno. Esa crónica afirma que terminó el primer leg tercero y que al final del segundo día llegó a estar segundo, empujando el Fabia al límite con una cadena de tiempos “imposibles” para lo que muchos esperaban del auto.
Colin estaba exprimiendo el Fabia como si fuera un auto campeón. De hecho, la propia Škoda cita una reacción muy reveladora: Harri Rovanperä (que estaba peleando cerca) llegó a comentar que creía que no iba a poder mantener al Fabia detrás de él, reconociendo el ritmo que Colin estaba imponiendo.
Y entonces llegó el golpe que a mí me parte el corazón cada vez que lo recuerdo. Porque no fue “se salió”. No fue “se equivocó”. Fue la clase de final que te deja impotente: un problema con el embrague y una reparación en asistencia que no salió a tiempo. Škoda relata que, con apenas tres tramos por correr, cuando Colin iba camino de firmar el mejor resultado de la marca hasta ese momento (y con un podio al alcance), la situación se volvió irreversible y tuvo que retirarse. ABC News (Australia) lo reportó ese mismo día: McRae estaba tercero, con tres especiales restantes, y se retiró tras haber informado problemas (incluyendo quejas previas de caja/gearbox según esa nota). En los listados finales de resultados, su clasificación figura como retiro/exclusión, cerrando el rally sin el resultado que su manejo merecía.
A mí me queda grabada la paradoja: por un lado, ese rally fue un “no” rotundo en el papel (no hubo podio). Por el otro, fue un “sí” gigantesco en todo lo demás. Porque quedó demostrado —ante todos— que Colin seguía teniendo algo que no se entrena: esa capacidad de hacer que un auto parezca mejor de lo que es cuando él decide atacar. RallySport Magazine lo resumió años después con una frase que encaja perfecto: pese al final desastroso, McRae había probado que todavía tenía nivel de podio.
Y hay un detalle humano que, para mí, cierra la escena como solo Colin podía cerrarla: la propia Škoda cuenta que, después de retirarse, se fue a un bar cercano, pidió una pinta y se quedó charlando con periodistas y gente, mirando el final del rally. No es una pose; es esa manera suya de estar en el rally incluso cuando el rally lo expulsaba. Como si dijera: me duele, sí… pero esto es lo mío, y yo no me voy del todo.
El día que se fue: incredulidad, duelo y otra herida personal
El 15 de septiembre de 2007 es una fecha que para mí no tiene “ayer” ni “hace años”. Es una fecha que se queda fija, como un cartel al costado del camino. Ese día, cerca de Lanark, en Escocia, el helicóptero de Colin cayó en una zona boscosa, en un valle arbolado, y él murió junto a cuatro personas en total: su hijo Johnny (de 5 años), el niño Ben Porcelli (6), y el amigo de la familia Graeme Duncan (37).
Yo me enteré como se enteran las noticias que no encajan en tu cabeza: por un llamado. Un amigo me dijo que McRae había fallecido, y mi reacción fue literal: no entendía. Me salió esa negación automática, absurda, desesperada: “¿habrá sido Jimmy?”. Porque en mi mente de, Colin no era un tipo común. Era el que se levantaba de los golpes, el que volvía, el que parecía salir ileso de lo imposible. Pero no. Era Colin. Era real. Y el mundo del rally se quedó sin aire.
Con el tiempo, cuando uno intenta ser responsable y escribir en público, aparecen dos capas que conviven y que yo no quiero mezclar mal. Está mi duelo personal, que es íntimo e irracional. Y está la parte verificable: qué se sabe oficialmente de ese accidente.
Lo que dice la investigación técnica oficial británica (AAIB) me sigue helando la sangre por lo sobria que es. El informe resume que el helicóptero (un Eurocopter AS350B2) se estrelló en un valle boscoso mientras realizaba maniobras a alta velocidad y baja altura, que el aparato estaba intacto antes del impacto, y que la evidencia disponible indicaba que el motor estaba entregando potencia. Y remata con la frase más dura, porque no te da consuelo: la causa no pudo determinarse de manera concluyente. No encontraron una razón técnica que explique el accidente, aunque tampoco pudieron descartar por completo una falla técnica.
Años después, una Fatal Accident Inquiry en Escocia (un procedimiento judicial para esclarecer muertes) concluyó que la tragedia podría haberse evitado y criticó el vuelo por ser imprudente y de bajo nivel innecesario, según reportes de prensa de la época. Yo lo leo, lo entiendo, lo acepto como parte del registro… pero emocionalmente no me cambia lo esencial: el resultado final. El vacío.
Porque para mí, ese día no fue solo “se murió un deportista”. Fue que se apagó una parte de mi adolescencia, de mi motor interno, de ese impulso que me había empujado a elegir un camino. Y eso me pegó doble, porque en ese momento yo ya venía lastimado por mi propia vida. Venía de perder a una persona especial también por un accidente. Venía de haber estado dos semanas en terapia intensiva y dos meses en cama recuperándome. Y en ese contexto, el llamado sobre Colin cayó como una segunda piedra en el mismo lugar. No lo cuento para dramatizar: lo cuento porque explica por qué mi duelo con McRae fue tan drastico.
Recuerdo que esa noche —y muchas después— mi cabeza insistía con una pregunta tonta: “¿cómo puede ser?”. Como si el mundo estuviera obligado a dejar de seguir viendo al piloto más talentoso y más espectacular. Como si el rally tuviera que devolver algo. Pero el rally no devuelve. La vida tampoco. Solo te deja, a veces, con una certeza que cuesta tragar: incluso los que parecen invencibles son frágiles.
Y aun así, con los años, el dolor se convirtió en otra cosa: en gratitud. Porque hay personas que te cambian la vida sin conocerte. Colin fue una de esas. Y por eso, cada vez que escribo esta parte del artículo, trato de hacerlo con la mezcla más difícil: con pasión, pero datos firmes. Para que la emoción no sea rumor. Para que el homenaje no se caiga por una frase inventada. Para que, cuando alguien lo lea en mi website de rally, sienta lo mismo que yo: que ese día el mundo perdió algo grande… y que a algunos de nosotros nos cambió para siempre.
Lanark 2022: tocar el origen, llevarme una piedra, cerrar un círculo
En 2022 hice algo que, para mí, no era turismo. Era necesidad. Fui a Lanark, a Escocia, al lugar donde todo empezó para Colin. Yo había pasado años viendo imágenes, leyendo historias, repitiendo su nombre como si fuera parte del vocabulario del rally. Pero una cosa es admirar a alguien desde lejos, y otra es pararte en el territorio real que lo vio crecer, respirar ese aire frío y silencioso, y entender que el mito también tuvo un barrio, una ruta cotidiana, una puerta que se abre y se cierra como la de cualquier casa.
No voy a mentir: cuando llegué, sentí una mezcla rara de emoción y pudor. Como si estuviera invadiendo algo íntimo. Porque para mí Colin no era “una celebridad”; era el tipo que me había cambiado la vida sin saberlo. El mismo que yo vi cruzado en las sierras, el mismo que me empujó a construir proyectos, a trabajar cerca del rally, a mirar la disciplina con una seriedad que con 12 años no podía imaginar. Y de repente estaba ahí, en su lugar, donde su historia no era un póster sino una geografía concreta.
Llegué hasta su casa. Me quedé un rato en silencio, como se queda uno frente a un santuario personal, sin necesidad de ceremonias. No buscaba una foto perfecta ni un gesto para mostrar. Buscaba cerrar algo adentro mío. Y ahí hice lo que quizá a muchos les parezca una tontería, pero que para mí es uno de mis recuerdos más grandes: me llevé una piedra de la entrada.
No es “una piedra” como objeto. Es un símbolo. Es una forma de decirme: esto fue real. Que el tipo al que seguí, al que lloré, al que sentí cercano aunque nunca lo fué, vivió en un lugar que se puede tocar. Que no todo es video, archivo, estadística, nostalgia. Que la historia, a veces, tiene textura.
Esa piedra está conmigo como un recordatorio de algo simple y poderoso: el círculo que empezó en 1998, un jueves en la montaña con mi viejo, no se cerró con un resultado ni con una noticia. Se cerró ahí, en Lanark, cuando entendí que mi admiración no era solo por un piloto, sino por lo que ese piloto despertó en mí. Porque, al final, la razón por la que uno viaja así no es para encontrar a Colin —eso es imposible— sino para encontrarse a uno mismo en el punto exacto donde empezó a ser quien es.
La cultura McRae y el legado que no se mide en trofeos
McRae fue campeón del mundo y ganó 25 rallies del WRC. Pero si soy honesto, su legado principal no está en un número. Está en una emoción. En esa certeza de que, cuando Colin salía a un tramo, podía pasar cualquier cosa. Y esa posibilidad te hacía mirar el rally distinto. Te hacía sentirlo como algo vivo.
Él fue ídolo por lo que hacía y por lo que arriesgaba. Fue ídolo porque no parecía actuar. Fue ídolo porque, aun cuando perdía, perdía siendo él. Y yo —como tantos— terminé llevando esa ética del “no me guardo nada” a mi propia vida, a mi trabajo, a mis proyectos, a mi manera de plantearme objetivos. Tal vez fue porque vi en él algo mío. Tal vez fue porque necesitaba un ejemplo. Tal vez fue simple destino. No lo sé.
Argentina como metáfora final
Argentina fue, para Colin, una mini-biografía dentro de su biografía. Un lugar que lo golpeó, lo puso a prueba, lo obligó a sobrevivir, lo dejó tocar el podio, lo hizo pagar con mecánica rota, y finalmente le devolvió todo con una victoria.
Y también fue mi propio mapa emocional. Porque Argentina es donde lo vi por primera vez. Donde lo esperé en un hotel con 13 años y un inglés mínimo para desearle suerte. Donde lo vi casi llevarse puesto un portón en un Súper Especial como si el rally le quedara chico. Donde lo vi volar en el Cóndor–Copina bajo un frío terrible. Donde lo vi en Giulio Cesare-Mina Clavero, y supe que era el más rápido. Donde lo vi perder por una piedra y una suspensión rota, y entendí que el rally no perdona. Donde me subí arriba de su Focus.
Donde Nicky Grist fue amable con mi hermano. Donde una carta escrita desde la devoción de un pibe terminó en manos de Alister, con una promesa de Navidad.
Yo escribo esto para publicarlo, sí. Pero también lo escribo como una forma de agradecer. Porque, aunque suene exagerado, hay personas que te cambian la vida sin conocerte. Colin McRae fue eso para mí.
Y si tuviera que cerrar con una frase que no mienta y que lo contenga todo, sería esta: hubo quienes corrían para ganar. Colin corría como si ganar fuera importante, sí, pero como si lo más importante fuera no traicionarse. Y esa, para mí, sigue siendo una de las formas más honestas de vivir.
German H. Grosso